Se acabó la esperanza de ver aparecer viva a Marta del Castillo. Tras 20 días de contemplar el rostro de esta chiquilla de 17 años desde todas las tiendas, desde todas las paradas de autobuses, desde todas las farolas, denunciando su desaparición, la confesión del antiguo novio vuelve a conmocionarnos: un nuevo asesinato de violencia de género. Una vez más la resolución de un conflicto de manera violenta. Curiosamente el 14 de febrero, día de esa fiesta de exaltación comercial del amor, de los enamorad@s. Una vez más "quiéreme, no puedo vivir sin ti; nadie te querrá como te quiero yo; eres mi vida, eres mi cruz; solo vivo para ti; si no eres mía no eres de nadie..." Frases que pueblan las canciones una y otra vez y que se cuelan por el mp3 permanentemente conectado en los adolescentes. Una vez más el amor entendido como posesión. La discusión resuelta con la violencia como en un juego de la Play. Cuando termina la partida la vida sigue pero en esta realidad no basta con apagar la máquina, hay que eliminar el cuerpo, olvidar y volver a la normalidad.
Pero ay, ese cuerpo deja un hueco en otro sitio y su falta no permite el olvido. Diecisiete largos años para forjar una vida, unos sueños, unas esperanzas, unas alegrías y unas angustias de una familia, de vecin@s, de amigas, de profesoras que participaron en la construcción de una chica única, irrepetible, insustituible... en un segundo, solo un segundo, arrojado al olvido, arrojado al río antes de tiempo:
"Nuestra vida son los ríos
Que van a dar a la mar
Que es el morir..."
¿Cómo llenar ahora ese hueco, ese vacío, ese sueño perdido?
Hoy renunciamos a buscar el recuerdo de otra mujer, nos quedamos con Marta del Castillo cuando aún su cuerpo permanece escondido en el río.